sábado, 14 de mayo de 2016

El Farmer , de Andrés Rivera en la adaptación de Pompeyo Audivert y Rodrigo de la Serna: un modelo de transposición de la narrativa al teatro.


El cambio de soporte, que es lo que caracteriza a toda transposición, ofrece riesgos especialmente cuando se trata de convertir una novela en teatro el discurso unipersonal en diálogo y las metáforas  en imágenes visuales y sonoras. Pompeyo Audivert y Rodrigo de la  Serna, adaptadores  de  El farmer de Andrés Rivera superan con éxito todas estas dificultades y condensan en  noventa minutos las ciento cinco páginas del texto fuente. Seleccionan algunos de los ejes del relato.
La relación entre Rosas y sus mujeres (las mujeres, la esposa, la hija, las prostitutas, las yeguas) definen una esfera privada, que sin embargo  permite explicar conductas públicas: el tránsito entre paternalismo  y patriarcado, el uso del poder y la necesidad de dominio sobre las voluntades ajenas, pero también la necesidad de afecto y admiración por parte del otro. Como en el texto fuente las dos esferas, pública y privada son  abordadas: su comparación con Sarmiento -al mismo tiempo par y contrario-, la elección del condado de  Swanthling en el reino de la  Gran  Bretaña como el lugar de un exilio que lo llena de impotencia y nostalgia, su poder absoluto que lo convierte en dueño de voluntades, y un “guardián de los sueños” que  conoce los secretos de todos  los habitantes. Es el gobernante que se rige por un concepto del honor como prestigio social no como índice de conducta ética (lo que importa es evitar el escándalo, no interferir en lo que sucede puestas adentro.  Es el farmer que favorece  con medidas confiscatorias  a otros farmers, “socios y compadres” como Don Nicolás de  Anchorena, Don Juan Nepomuceno  terrero, Don Félix de  Álzaga  o  Don Ángel Pacheco.
 En la adaptación se soslaya un punto que sí se marca con claridad en el  texto de  Rivera, que fue el militar que trazó los planes de la Campaña del Desierto y arrebató al indio ganado y tierras o  que mandó “degollar a los indios más ariscos”[1]. Y se ubica en un lugar central, a diferencia de la novela, la espada que le entregara San Martín, lo que contribuye a diseñar un Rosas que  en su juventud defiende la patria y un Rosas moribundo, para quien es prolongación de su cuerpo y no puede abandonarla nunca. Estas y otras diferencias enriquecen porque dan cuenta de las posibles miradas que todo hecho histórico permite, pero sobre todo, lo que no permite: la división entre buenos y malos, entre santos y réprobos.
Las contradicciones que emanan de la propuesta narrativa son subrayadas por  varios elementos de la puesta en escena:  la presencia del doble  cuyas vestimentas y desplazamientos en el espacio refuerzan los opuestos (juventud/vejez; poder/indefensión, energía/decrepitud); los gestos y movimientos contenidos de  Audivert que diseñan en su manejo de los libros y papeles a un  Rosas racional y reflexivo  frente a los movimientos desbordantes de energía de  Rodrigo de la Serna que encarna a ese Rosas capaz de afirmar “soy mi propio caballo”[2];  la elección del diseño del programa de mano, un  Rosas sin rostro y un uniforme con galones y troncos de árboles cuyas hojas de sumergen en un insondable espacio rojo revelan  las ambigüedades  que marcaron a este personaje histórico desde sus  comienzos.
La dirección compartida concreta una puesta en escena sin fisuras: la música propone una imagen acústica en la que el ritmo pauta gestos y palabras, y la melodía contribuye a narrar la melancolía y la desesperanza;  el  espacio central, una rampa inclinada, se modifica simbólicamente a partir de los desplazamientos de  Rodrigo de la  Serna y Pompeyo Audivert, los actores que encarnan, respectivamente, a  Rosas  joven y a Rosas octogenario, y pasa a significar, para  el primero el riesgo  - sobre todo en su constante caminar por los bordes-, y para el segundo, su paulatina decadencia hasta la muerte.
Siempre resulta difícil evaluar el desempeño actoral cuando  abandonamos esos calificativos que describen sobre todo la subjetividad del crítico (o del espectador): buen actor, excelente actor, o mal actor. ¿Cómo puede el receptor (sea simple espectador o crítico especializado) describir y analizar lo que los actores realizan en escena? Es decir, verbalizar lo no verbal ¿Cuáles son las normas que permiten evaluar la actuación y en general la puesta en escena? Es decir, organizar una argumentación. Si nos basamos en las tres categorías críticas para la evaluación del actor que en orden jerárquico propone Ben Ami Feingold: la habilidad, la intuición y el estilo, podemos afirmar que tanto Rodrigo de la  Serna como Pompeyo Audivert  alcanzan la máxima calificación. Poseen no sólo la habilidad de captar las notas definitorias del carácter  de  Rosas, descriptas por Rivera, sino de hacer evidentes los matices que se evidencian con el paso del tiempo; la intuición de cuáles son aquellos gestos, movimientos y tonos de voz que revelan unas y otros; y en cuanto al estilo- concepto ambiguo y paradójico-, lograr un equilibrio notable en tres niveles: entre lo que les propone el personaje ficcional producto de la lectura y las diferentes versiones de textos canónicos y revisados, como así también la iconografía, y  sus personales modos de decidir qué tipo de pasiones serán reveladas a partir de sus propios cuerpos. Ambos  actores, con una precisa elección de gestos, posturas y voces, enriquecen el texto desde sus personales propuestas. Rodrigo de la Serna puede transformarse rápidamente en Manuelita y en un lord inglés  subrayando así la importancia que su hija e Inglaterra tuvieron para Rosas; Pompeyo  Audivert, revelando el desencuentro europeo que sufre el hispanoamericano, un desajuste que  pone en evidencia una nueva arista del conflicto civilización y barbarie, ya no desde la perspectiva de  Sarmiento, sino del desterrado Rosas.
Teatro histórico,  ficción e historia, El farmer en la versión de  Audivert- de la Serna  instala tres preguntas: ¿Quién fue Rosas? ¿Quién es  Rosas? ¿Qué es Rosas para cada uno de nosotros? Y hace confluir el pasado y la contemporaneidad y convierte  la misma historia en otra historia que se abre para  ser decodificada e interpretada por cada uno de los espectadores.



[1] Andrés Rivera,  El farmer, Buenos  Aires,  Seix  Barral, 2014,  p. 85.
[2] Op.cit., p. 41.

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